jueves, 15 de marzo de 2007
Noche como ésta, y contemplada a solas No la puede sufrir mi corazón: Da un dolor de hermosura irresistible Un miedo profundísimo de Dios. ¡Mira ese cielo!... Es demasiado cielo Para el ojo de insecto de un mortal Refléjame en tus ojos un fragmento Que yo alcance a medir y a sondear. Un cielo que responda a mi delirio Sin hacerme sentir mi pequeñez; Un cielo mío, que me esté mirando Y que tan sólo a mí mirando esté. Hay un silencio en esta inmensa noche Que no es silencio: es místico disfraz De un concierto inmortal. Por escucharlo Mudo como la muerte el orbe está. Déjame oírlo, enamorada mía Al través de tu ardiente corazón: Sólo el amor transporta a nuestro mundo Las notas de la música de Dios. ¡Sí, el Creador! cuya grandeza misma Es la que nos impide verlo aquí, Pero que, como atmósfera de gracia, Se hace entretanto por doquier sentir. . . Déjame unir mis labios a tus labios, Une a tu corazón mi corazón, Doblemos nuestro ser para que alcance A recoger la bendición de Dios. Todo, la gota como el orbe, cabe En su grandeza y su bondad. Tal vez Pensó en nosotros cuando abrió esta noche, Como a las turbas su palacio un rey. ¡Danza gloriosa de almas y de estrellas! ¡Banquete de inmortales! Y pues ya, Por su largueza en él nos encontramos, De amor y vida en el cenit fugaz. Ven a partir conmigo lo que siento, Esto que abrumador desborda en mí; Ven a hacerme finito lo infinito Y a encarnar el angélico festín. ¡Tú y Dios me disputáis en este instante! Fúndanse nuestras almas, y en audaz Rapto de adoración volemos juntas De nuestro amor al santo manantial. Te abrazaré como la tierra al cielo En consorcio sagrado; oirás de mí Lo que oídos mortales nunca oyeron, Lo que habla el serafín al serafín. Y entonces esta angustia de hermosura, Este miedo de Dios que al hombre da El sentirlo tan cerca, tendrá un nombre Eterno entre los dos: ¡felicidad!